
Después de más de 500 capítulos emitidos, y un sinfín de tramas que han acabado bien, o mal, o que simplemente no han acabado y siguen generando intriga, toca preguntarse cuál es el motivo por el que no querríamos que la historia de los marqueses de Luján terminase nunca.
Manuel y Jana. Jana y Manuel. Una historia de amor que traspasó la pantalla. El destino y desarrollo de Curro, y cómo en cada capítulo va tomando más y más protagonismo. Los oscuros secretos de Cruz, y todo lo que estos significan para una mujer llena de ambición.
Podríamos enumerar una a una todas las historias que conforman una serie tan compleja y adictiva como “La Promesa”, porque, además, seguramente cada espectador tiene ya su favorita, y que probablemente sea el motivo por el que ha terminado esperando cada tarde que emitan el capítulo diario.
Pero lo cierto es que después de varias temporadas, y de la desaparición -en muchas ocasiones dramática- de algunos de los personajes principales, el palacio de La Promesa, en el aparentemente tranquilo Valle de los Pedroches, sigue captando la atención de la mayor parte de la audiencia incluso cuando hace mucho que el primer motivo por el que empezaron a seguir la serie ya no continúa en ella.
¿Es quizá porque, independientemente de las tramas de cada personaje, una buena serie de época siempre nos motiva? ¿O porque, a lo mejor, somos conscientes de que nada es lo que parece, y tras cada historia puede haber siempre la posibilidad de que haya muchas cosas ocultas?
Así lo plantea también Guillermo Serrano, el actor que interpreta a Lorenzo de la Mata y que nos habla de “La Promesa” como algo mucho más profundo que cada una de sus historias de manera individual.
De hecho, hace una comparación muy interesante con un fenómeno de masas como es el Real Madrid, por el que han pasado auténticas estrellas a lo largo de los años, a los que millones de personas han seguido con entusiasmo, pero que después, cuando se han retirado, no han quitado ni un poco de protagonismo y brillo al equipo y sus logros en las diferentes competiciones.
Esto mismo parece suceder con “La Promesa”. Es la marca que ha creado, el concepto general que hay detrás del palacio y sus frenéticas historias, lo que habría terminado por convertirse en un elemento fijo y constante en nuestro imaginario cinematográfico. Un lugar común al que siempre queremos volver cuando nos sentamos en nuestro sofá después de todo lo que sucede en la vida real, y de la que a veces conviene desconectar.
¿Quién es, entonces, más responsable del éxito de una serie? ¿Son los personajes, los buenos, los malos, los que desatan nuestras emociones y dejan que volquemos nuestras propias convicciones en su forma de actuar? ¿O es toda la serie que ha permitido que exista un universo en esa Córdoba del año 1913, en un palacio aparentemente tranquilo, donde nada es lo que parece y donde siempre hay un nuevo día en el que puede pasar de todo?
Según Guillermo Serrano, y así lo ha manifestado en sus redes sociales, es la marca, el contexto que ofrece “La Promesa”, lo que ha impulsado su éxito, permitiendo que la serie siga plenamente vigente hoy en día.
Esta reflexión subraya una de las grandes lecciones que deja “La Promesa”: la capacidad de crear desde cero un espacio histórico en el que tantos personajes se van relacionando entre sí. Una apuesta valiente, capaz de mantener viva la emoción incluso cuando los protagonistas evolucionan o desaparecen.
¿Cuál es tu opinión? ¿Estás de acuerdo con Guillermo Serrano, o piensas que exagera, y si mañana Manuel dejara de aparecer en pantalla abandonarías “La Promesa” para siempre? Tan lícito es lo uno como lo otro. Pero antes de anticipar disgustos -porque si algo caracteriza a “La Promesa” es que todo puede pasar-, quizá lo mejor y más disfrutable sería estar enganchado a varias tramas a la vez… por si acaso.
